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lunes, 29 de abril de 2013

El árbol de la vida





Desde niño deseé tener una casa solo para mi. Cuando naces en el seno de una familia numerosa el espacio se vuelve vital. Durante la niñez y parte de la adolescencia compartí habitación con mi hermana menor hasta que pude tener una propia que por otro lado, ni siquiera disfruté porque abandoné el hogar de mis padres a los dieciocho recién cumplidos.
Años más tarde pude comprarla. Me costó encontrar una que se adecuara a mi presupuesto; los trabajos (siempre precarios) no me reportaban un gran sueldo. Adquirí una que cumplía con todos los requisitos: estaba situada en un barrio agradable no muy lejos del centro y tenía dos recámaras,. También contaba con un pequeño jardín que nunca arreglé porque disfrutaba viendo crecer la vegetación a su antojo. Me tumbaba en la hamaca (que estratégicamente había colocado en el centro) y observaba con entretenimiento las nuevas especies que brotaban dia a dia de forma epontanea. Muy pronto una gran variedad de hierbajos  poblaron el lugar.
Una mañana observé un pequeño árbol de unos diez centímetros debajo de mi hamaca. Al día siguiente, esos diez centímetros se habían multiplicado perforandola. Y no solo había crecido en altura, su ancho empezaba a tener un tamaño considerable. Tomé la decisión de cortarlo. Algo que crecía a esa velocidad acabaría por devorar mi vergel antes de una semana.
Al salir del trabajo me acerqué a la tienda para comprar un hacha. Llegué a casa y fui directo al jardín y contemplé con estupor, el inmenso tamaño que había adquirido. Intenté cortarlo pero no si logre hacerle ni un simple rasguño en su corteza. Jamás había visto una especie así. Busqué información para saber a qué familia pertenecía pero no encontré nada al respecto. Decidí probar con pesticidas, solo conseguí un estrepitoso fracaso: el químico acabó con toda la vegetación mientras el árbol seguia intacto.
Unos días más tarde, las raíces habían empezado a romper parte del suelo y las ramas amenazaban con hacerle lo mismo a los cristales de las ventanas que daban al patio. Esa noche me acosté aterrorizado.
Una extraña fragancia me despertó. Era un olor narcotizante. El árbol había florecido y junto con él la casa. Quedé embriagado por completo. Me sentia extrañamente observado. Presentí su deseo hacia mi. Sus las ramas me envolvieron tiernamente igual que los brazos de la madre arrullan al hijo, y acepte mí sacrifico de forma natural ¡a saber qué tipo de olor desprendería yo!

martes, 9 de abril de 2013

El intercambio





Tarde o temprano sus caminos se iban a cruzar. Andaban por la senda del no retorno; allí, los encuentros eran inevitables.

Primero se intuyeron, luego divisaron sus sombras en el horizonte y un poco más adelante, percibieron sus imágenes con nitidez hasta encontrarse uno frente al otro. Los dos estaban exhaustos. Hacía años, al inicio del camino quizá, solo les había importado una cosa: llenar sus fardos vacios. Pero ahora era distinto; los arrastraban con dolor y resignación. Eran incapaces de soltar el lastre. Seguían unidos a ellos como si de otra extremidad se tratara; una prolongación incómoda del propio cuerpo. Su paso lento los había vuelto pacientes y apáticos, permitiéndoles detener el tiempo sin angustia. Vivian con la inercia que conlleva el sentido de supervivencia, eso era todo. Pero después de observarse con detenimiento, un brillo extraño se reflejó en sus ojos. Su codicia muerta resurgió más fuerte que nunca. Desearon con vehemencia el uno el fardo del otro, y sin pensarlo, se abalanzaron para robarse mutuamente. Fue sencillo porque ninguno de los dos opuso resistencia. En unos segundos, sus cargas fueron intercambiadas. Y con los nuevos fardos a cuestas, creyeron sentirse más ligeros: era más fácil caer en la falacia que aceptar la realidad. Ahora, seguirían hasta que el peso regresara, hasta encontrar otra carga que intercambiar; y no sería la última porque el camino carecía de final. Era la senda del no retorno: quien se adentra en ella ya no sale.