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lunes, 10 de junio de 2013

El espejo en el espejo




Hacía mucho que había acordado la cita y de nuevo la anulé.  Siempre me sucedía lo mismo: conforme se iba acercando el momento, las excusas se hacían más y más sólidas regalándome pretextos perfectos para hacer la cancelación una vez más; o no me sentía preparado, o no me parecía el momento oportuno o sencillamente (y eso era lo más real de todo) sabía que pasara el tiempo que pasara, él, siempre estaría allí esperándome.
La mañana despertó extrañamente oscura. El cielo se había teñido de  azul grisáceo provocando en mí, una cierta sensación de desaliento. Sin embargo, ese día no encontré razón alguna para no acudir al encuentro. Llevaba tiempo preparándolo todo: la ropa, los zapatos, el corte de pelo y la silla. Era importante este último detalle porque necesitaba sentirme cómodo: no tenía idea de cuánto tiempo iba a durar la conversación, así que mejor ser precavido. El espacio y el lugar  los conocía  de memoria, la escenografía  también; pero sentía curiosidad por saber que tan acicalado se presentaría él ante mí, como habría preparado su personaje para este momento tan importante en la vida de ambos.
Me dirigí al punto de reunión, era una habitación en el subterráneo de la casa. Al abrir la puerta, lo primero que encontré  fue el espejo recubierto con  una sábana blanca. En realidad, ese era todo el mobiliario que había; La silla acabo de completar la decoración. Me acerqué y retiré la sábana lentamente. Este acto lo sentí más bien como un ritual; una manera de prolongar el tiempo previo al encuentro. Deseaba apurar al máximo aquellos últimos segundos porque sabía que después de esto, nada volvería a ser igual.
Con el espejo al descubierto, pude ver claramente su imagen: allí estaba él,  sentado frente a mí como si el tiempo no hubiera transcurrido para ninguno de los dos.

-           No pensé que demoraras tanto nuestra cita

-           Yo tampoco, le contesté.
Hablamos durante horas. Pude encadenar escenas de mi vida voluntariamente suprimidas, y me sentó  bien. Todo fue verbalizándose: errores,  angustias, felicidades y desgracias; mis remordimientos y mis inconfesables, todo. Allí estábamos ambos: él, mi yo y yo, su él, a pecho descubierto.
Cumplimos lo acordado,  él salió del espejo y yo entré; no sin antes desearle la mejor de las suertes y un buen comienzo para su nueva vida. Me miró a los ojos por última vez, esbozó una leve sonrisa y cubrió el espejo de nuevo con la sábana blanca. Lo último que escuché fueron sus pasos, el chirriar de la puerta y un golpe seco; después…  silencio.

 



 

miércoles, 5 de junio de 2013

Manual para el buen dormir solo .






Es importante no olvidar, que quizás nos encontremos ante uno de los actos rutinarios más importantes del día: de ello dependerán las siguientes siete, ocho, o diez horas; el descanso de mente y cuerpo y el humor del despertar matutino.
Póngase frente al lecho y siéntese suavemente sobre este. Acaricie las sabanas, deje que sus manos se deslicen placenteramente sobre la tela. Retire la ropa con delicadeza e introdúzcase en la cama lentamente. Ahora no piense en nada, permita a su cuerpo  acomodarse plácidamente al colchón. Si por un momento, intenta interponerse entre usted y el santuario alguna que otra malintencionada sensación de angustia (piense que estas últimas son tan humanas como el propio cuerpo)  omítala; déjele bien claro que esta es una relación de dos y que los tríos no tiene cabida alguna. Usted y su cama comparten desde hace mucho una concomitancia monógama: esto la persuadirá y la alejará pronto del escenario deleitoso en el que  usted se hallaba.
Llegados a este punto, piense que postura adoptar ante el inminente encuentro con Morfeo: la supina, la contraída, boca abajo, la libre (consta de una mezcla de las tres anteriores) o la enroscada; esta se hará en complicidad con las sábanas. Una vez la decisión haya sido tomada, sienta el pesar de sus párpados. Es bueno en el caso de las mujeres haberse desmaquillado previamente pues podría entorpecer la lánguida caída de ojos requerida en este momento.
 Ahora, solo entréguese apasionadamente al placer de la dormidera y si después de haber seguido el manual no consigue el efecto deseado, no sufra: le recomiendo  acercarse al dispensario más cercano,  seguro que el doctor tendrá a bien recetarle alguna que otra píldora más eficaz que mis consejos.