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lunes, 5 de agosto de 2013

Tres historias de amor y algo más




 “Y yo te pregunto el porqué y tú me respondes con un silencio seco,  largo y eterno: uno atemporal sin principio ni fin. Luego bajas la cabeza y prendes tu cigarro, inhalas el humo con fuerza queriendo absorber hasta el último gramo de nicotina y das media vuelta; y es justo en ese momento, al observar tu silueta de espaldas alejándose de mi hacia la puerta, cuando me doy cuenta que no eres más que un extraño, y yo, probablemente una intrusa habitando un espacio que no me pertenece; y me siento aliviada por haber descubierto al fin la verdad.”
Paula cerró el libro que por azar había encontrado en el banco del parque donde se hallaba, y quedo pensativa durante unos minutos. Concluyó que eso no iba a pasarle a ella: porque tenía dieciocho años, una vida por delante y una gran historia de amor recién empezada que por supuesto, no tendría ese final. Incapaz de imaginar ninguno, creía con todas sus fuerzas que la suya seria eterna; y eso era una verdad absoluta, la verdad que conlleva la irreverencia de la juventud. Paula observo con complicidad a la pareja que tenia enfrente. Pedro y Laura, iban paseando  agarrados de la mano. Se reían y disfrutaban del poco tiempo que podían pasar juntos sintiendo aquellas horas como las únicas que daban sentido a sus vidas; porque después, Laura volvería con su marido y Pedro con su mujer. Seguirían hipócritamente atados a su hastío, escucharían las quejas de sus conyugues y los reproches diarios tan presentes en las  relaciones que agonizan  sin que nadie se atreva a darles el golpe de gracia final; y se refugiarían en la crianza de sus hijos soñando en el próximo encuentro: el que por unas horas, les haría creer que era posible vivir otra realidad menos triste y sombría.
 Y en ese mismo instante, en la otra punta del parque, Rufián, un Bulldog francés gordo y feliz, orinaba placidamente.