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domingo, 3 de marzo de 2013

Amnesia leve




-Háganse a un lado. Gritó desesperado.

El porqué se encontraba en aquella situación ya no importaba, ahora todo lo que tenía que hacer era intentar cruzar la barrera humana que le impedía ver lo que estaba sucediendo en el jardín de su casa. Lo logró a fuerza de codazos y empujones, mientras, la gente curiosa observaba la escena con perplejidad.

- Que se aparten he dicho, lárguense todos, nadie les ha dado vela en este entierro.

Esa mañana se había despertado con el mismo tedio de todas las mañanas. Había tomado su ducha y preparado su café con la misma desgana de siempre. Había salido de su casa rumbo a su despacho con el mismo aburrimiento que lo consumía día a día. Cada noche al acostarse, lo único que pedía era un pequeño cambio dentro de su rutina. Y lo pedía porque él era un hombre cobarde, siempre lo había sido, se sabía incapaz de provocar nada: solo anhelaba. Así había transcurrido toda su vida, deseando el suceso, lo anormal, aquello que lo hiciera despertar del sopor en el que estaba inmerso desde que su memoria recordaba.
Sobre la hierba del jardín yacía un cuerpo pálido y desnudo. Un cordón policial lo rodeaba. Con paso lento pero firme, se fue acercando a él. La gente seguía observando en silencio. Un acto reflejo hizo que cerrara los ojos. Cinco policías custodiaban el cadáver. Empezó a sentir un sudor frío, el mismo que recorrió su cuerpo inmovilizándolo y llenándolo de pánico. La sensación de terror se intensificó con el paso de los minutos; fue entonces cuando pudo observar con claridad al muerto que tenía enfrente.
Lo que tanto había estado anhelando se hizo realidad; y recordó. Por una vez decidió dejar de esperar y actuar. Recordó el vaso, recordó los barbitúricos, los pasos hacia la ventana, la caída al vacío y el dulce alivio del que reconoce su fin.