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viernes, 28 de marzo de 2014

Epístola




Te creé bajo la sombra de la desesperación. Intentaba no hundirme en medio de las tormentas que me acechaban y buscando un salvavidas, te encontré. Debería pedirte perdón por haberte usado sin tu consentimiento, pero pensé: es ridículo pedir disculpas al que se desconoce víctima. Te pido por favor, leas con atención la siguiente carta: entenderás de que estoy hablando.
Rápidamente te incorporaste a mi vida. Hacerte e imaginarte se convirtió en algo deleitable. Mi cotidianeidad, aunque buscada, se había vuelto tediosa y decepcionante. Tú, eras el único capaz de alejarme de todo. Sentirte en mi, era lo que más deseaba en este mundo. Confesarte mis miserias, escuchar tus respuestas sarcásticas y ver esa irónica sonrisa dibujada en tus labios, no solo me reconfortaba: me devolvía el hálito de vida perdido tiempo atrás. Sin palabras ni malentendidos, la tuya, se convirtió en la relación perfecta.
Si me llegaban noticias de ti, al real me refiero, no les prestaba atención alguna. Ese no era el que me acompañaba: incluso admitiendo que físicamente erais igualitos, no me interesabas lo más mínimo. Mi creación, te superaba en todo.
Tu otro, llevaba el mismo nombre que tú pero en diminutivo. Me gustaba decirlo repetidamente. Dejaba en mi boca un sabor que perduraba más allá del instante de la pronunciación.
En lo referente a tu personalidad, obviamente, te hice a mí antojo. De nada carecías y en nada fallabas: eras el compañero de vida perfecto.
Muchas noches, despertaba adueñada por una angustiosa ansiedad y en esos momentos, solo tu voz me relajaba. Escuchaba tus susurros que provocaban en mí una sensación parecida al orgasmo y eso hacía que amaneciera exultante. Luego, preparaba dos cafés: uno doble para ti (había decidido que era tu estimulante preferido) y otro sencillo para mí; los saboreaba y me iba feliz al trabajo.
Pero la realidad se impuso una vez más.
Un día quise leer uno de tus artículos en el diario. Pensé "no hará que mi sueño se desvanezca, yo sé quien es quien". Otro día busque alguno de tus libros y lo leí. Otro asistí a una de tus conferencias. Otro me colé en una de tus clases; hasta me atreví a mandarte algún que otro correo. En fin, mi imaginario fue muriéndose poco a poco y no sin angustia. A veces, creía oír su voz diciéndome: No me abandones, déjalo, él no es real, lo único real somos tú y yo. Pero ya era demasiado tarde. Abandoné a mi pobre creación igual que el niño abandona al juguete que tanto deseó.
Te escribo esta carta porque tu otro yo, desapareció llevándose hasta último de mis sueños. Quería pedirte que si en algún punto de tu mente puedes conectarte con él, le digas que vuelva o que se ponga en contacto conmigo: definitivamente, tú no me sirves.
Gracias por tu tiempo. Y disculpa ahora sí, por la intrusión.
 
Atentamente:
 
Yo, tu íntima desconocida.
 

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