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jueves, 24 de julio de 2014

La Diosa





Iba a cruzar la calle cuando la vio. Al instante quedo embelesado por el  contorneo de sus caderas  y las finas agujas de sus tacones. La Diosa, marchaba al compás de los Tambores de  la selva urbana luciendo un ceñidísimo vestido de satén blanco que realzaba de sobremanera su figura.  ¿Cómo podía concentrarse tanta belleza en un solo cuerpo? Para un eterno seductor como él, ese sería  un día de caza  estimulante. Decidió seguirla  rastreando su olor igual que un felino a su presa. Luego de un corto trayecto, la Diosa entró a un café cuya fachada quedaba rotulada con un nombre en francés: “les gent qui j’aime” .Esperó unos segundos y fue tras ella. Se acomodó en la barra y después de pedir un whisky observó con deleite a la presa. La distancia era perfecta, la diosa estaba sentada en una de las mesas y el ángulo de visión era ideal. Después de unos sutiles coqueteos con la mirada,  lo invitó a tomar posesión de la silla vacía que tenía a su lado. Hablaron durante horas enfrascados en una conversación relajada y amena, extraño por otro lado, entre dos personas que acaban de conocerse. La Diosa era como un libro abierto cuyas páginas se dejaban leer con voracidad. Entonces, ella propuso continuar la charla en su casa, vivía muy cerca le comentó, justo a la vuelta de la esquina. No podía creer que la presa cayera tan pronto: este iba a ser un día de suerte. Llegaron al departamento y bebieron con gusto la última copa. Luego, fueron directo a la habitación donde la Diosa se desnudó lentamente mostrándole cada parte del hermoso cuerpo que lo había hechizado horas antes. La belleza  impregnó sus pupilas y se relamió los labios con lujuria. Sin más, se deshizo de la ropa y se abalanzó sobre ella. Al caer en la cama, la Diosa había desaparecido. Con la perplejidad estampada en el rostro, se levantó como un loco sin comprender nada y observó con sorpresa al único ser  que se movía entre las sábanas: un pequeño y tierno ratón blanco. Por primera vez, odió ser  hombre y no gato.